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Me llamo Natalia Velázquez. Nací hace 41 años en el Hospital Penna con cataratas congénitas, por lo que soy una persona con discapacidad visual. Desde muy chica fui víctima de episodios de discriminación y de decisiones tomadas por otros sobre lo que supuestamente iba a poder hacer con mi vida.

A mi mamá le dijeron una vez: “no va a ser capaz de estudiar”. En la Escuela 507 para ciegos y disminuidos visuales recibí una formación elemental, sin llegar siquiera a completar el recorrido común en el tiempo esperado. Durante años mi relación con la educación estuvo marcada por esos límites impuestos desde afuera, por diagnósticos que parecían pesar más que mis posibilidades y mi vocación.

La violencia es una forma de organización

La exclusión no apareció solo en la escuela. También se repitió a nivel laboral y personal, en un entorno familiar violento. Cuando crecí y salí de mi casa en pareja, conocí la violencia en el matrimonio.

Mucho tiempo después pude separarme. Y con esa distancia empecé a entender mejor muchas cosas. Re elaborar una comprensión distinta de lo que me había tocado vivir y distinguir que la violencia no es una sola: puede ser física, psicológica, económica, institucional. A veces aparece dentro de una relación. Otras veces, en la forma en que una persona queda atrapada en condiciones que no eligió.

Esa comprensión no fue instantánea, solo tras el paso del tiempo, con experiencias, con formación y con la posibilidad de empezar a ponerle palabras a lo vivido.

Estudiar como camino resistencia

En 2019 participé de un curso sobre género y violencia de género en la universidad Nacional del Sur y para mí resultó una bisagra porque me permitió escuchar otras experiencias, reconocer partes de la mía y empezar a pensarme de otra manera. Desde ahí seguí estudiando. Me anoté en una escuela de adultos y terminé el primario. Arranqué el Plan Fines hasta poder terminar el secundario. Hice cursos de personal doméstico, elaboración de alimentos, informática, teatro, música y auxiliar de escuela.

No fue un camino lineal. Pero cada paso tuvo para mí el mismo sentido: no quedarme quieta, no aceptar la versión de mi vida que alguien más había decidido, seguir apostando a formarme y a construir autonomía.

Una vida sostenida al límite

Salí adelante. Viví sola. Logré independizarme. Me sostengo con la pensión por discapacidad visual y con lo que cobro trabajando en el taller protegido del Instituto Luis Braille de Bahía Blanca.

Pero en los últimos meses todo se volvió más difícil. A fines de diciembre tuve que dejar el lugar donde alquilaba por los aumentos. Mis ingresos no alcanzaban. Me fui quedando en casas de amistades, tratando de reorganizar mi vida mientras también atravesaba el duelo por la muerte de mi hermano en un accidente.

Todo eso me afectó profundamente. A veces se habla de esfuerzo personal como si alcanzara con querer salir adelante. Pero no es así. Una puede estudiar, capacitarse, trabajar y aun así encontrarse al borde, sin estabilidad, sin descanso, sin margen.

Seguir, aunque cueste

Aun en ese contexto, seguí. Seguí estudiando. Seguí haciendo teatro. Seguí buscando otras formas de expresarme. En marzo de este año comencé el FOBA, la formación básica del profesorado de teatro de la Escuela Superior de Teatro de Bahía Blanca.

Por eso esta historia no es solo una historia de sufrimiento. También es una historia de insistencia. De todo lo que una persona tiene que sostener para no desaparecer en medio de la precariedad, la violencia y el cansancio.

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