Cursé en el programa fines mi secundario, donde aprendí muchas cosas importantes respecto a derechos y el rol del estado, y tras terminarlo, hice el curso de auxiliar de escuela en un centro de formación profesional. Ahora iba a poder postularme a una posibilidad laboral concreta, pero en lugar de encontrar una oportunidad, me encontré con cartel donde el sistema informático que se llama ABC que decía que yo era una persona «inexistente».
Más allá del error técnico, era una forma de violencia burocrática, porque cuando un sistema no te reconoce, cuando una institución no sabe cómo incluirte, cuando te obligan a explicar una y otra vez quién sos y por qué deberías poder acceder a algo tan básico, lo que hacen es dejarte afuera. Y así el cartel no parecía un accidente o un error, sino un mensaje.
Material de exclusión educativa
Ese episodio no apareció de la nada. Desde chica tuve que enfrentar barreras en esa educación suplementaria que tuve, materiales no adaptados que no podía ver con claridad, trayectorias interrumpidas. Decisiones que tomaron otras personas y me fueron dejando la sensación de que siempre tenía que demostrar una vez más que merecía algo antes de poder aprender, y que esa oportunidad que anhelaba se disipaba otra vez más en el tiempo.
Ya grande, cuando había tomado la decisión y comenzado mis estudios, la pandemia y su virtualidad volvió a mostrar otras formas de exclusión. Me encontré de nuevo con materiales que no podía leer bien, porque a pesar de estar en la era digital, las personas que arman el material desconocen qué formatos usar para hacer una educación accesible. Pasa eso y pasa que tampoco está contemplado trabajar con el material y adaptarlo, así que te quedas afuera. Muchas veces tuve que terminar resolviendo todo con esfuerzo extra, ayuda de otras personas o incluso con clases particulares con alguien que si pudiera cubrir ese vacío, cosa que contaré otro día.
Ahí me quedó claro que no alcanza con que algo exista en el papel o en una pantalla si no se va a poder emplear en condiciones reales, podrá existir en en las palabras, pero no por eso está verdaderamente disponible.
El techo de cristal laboral
Algo parecido me pasa en el taller protegido del Instituto Luis Braille. Trabajo en el taller desde hace muchos años, pero mis ingresos son muy reducidos. Entre mi pensión por discapacidad -mitad nacional, mitad provincial- y lo que cobro en el taller no alcanzo a sostener una vida digna en el contexto actual. A eso se suma otra realidad: muchas veces faltan materiales, organización, supervisión y condiciones reales para trabajar de manera sostenida.
Entonces si bien el ingreso es insuficiente y eso en sí mismo es una contradicción, también se trata del desgaste que produce sentir a pesar de estar cumpliendo, cumpliendo horarios, poniendo el cuerpo y el tiempo, que no exista un reconocimiento, estabilidad o mejoría en el tiempo. Eso agota.
Cambió la perspectiva aunque el resto siga igual
En medio de toda esa rutina apareció algo importante: porque aunque las barreras y dificultades sean las mismas, es una experiencia totalmente distinta enfrentar estas justicias cuando alguien te acompaña. Así conocí que podía hacer un registro de lo que pasaba, reclamar, insistir, ponerle nombre a la violencia institucional y no dejar que todo quedara reducido a otra anécdota olvidable. Reconocer que no estaba sola hizo una diferencia y me devolvió algo de ganas para seguirla peleando.
Fue así, con el tiempo y trabajo compartido resistiendo, que persona inexistente dejó de ser solamente la frase estigmatizante con la que otro sistema me dejó afuera para volverse el título de mi propia historia. Una narración autobiográfica donde no habla solo de mí, sino de las muchas fallas invisibles que siguen existiendo en la educación, en el trabajo, en la accesibilidad y en la forma en que las instituciones entienden —o no entienden— lo que significa incluir de verdad.