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(Redacción Original, noviembre 2019)

El punitivismo se alimenta del autoritarismo, como cuando durante entre los años 1964 y 1977 el ejercito argentino importó el concepto de «enemigo interno» de los manuales franceses y estadounidenses empleados en Argelia y Puerto Rico, empleando el concepto como una justificación para el terrorismo de Estado y la violación de derechos humanos.

El punitivismo se tiñe también de narcisismo al considerarse autoridad con la capacidad de acusar, juzgar y condenar sin a otro ser humano. El castigo no repara el supuesto daño, pero funciona como una catarsis individual para el verdugo, y provee confirmación para cierta paranoia e inseguridad frente a a una conducta que no se alinea a esa conducta óptima. 

Pero, sin embargo, existe otra vía que Nora Cortiñas señaló en una de sus últimas visitas a Bahía Blanca: «Donde haya injusticia… ahí me planto». Plantarme significa establecer un límite y desde allí desobedecer al miedo y enfrentar la amenaza con dignidad. Documentar y reunir evidencia, como hicieron y continúan haciendo los colectivos de derechos humanos. Acompañar a víctimas organizadamente para reducir el impacto de las injusticias y adversidades que les aquejan. Comunicar creativamente y con firmeza, denunciando incluso sistemas de cara a su transformación, no personas como un castigo.

El dolor ajeno es también el nuestro. Como nos enseñaron las Madres y Abuelas de Plaza de Mayo, la justicia no habita en el castigo; sino en el ejercicio de la memoria, en la afirmación de la verdad y el reclamo por reparación. Las Madres nos enseñaron que la memoria es un acto político. Hoy, el desafío es convertir cada dolor en acción: no para castigar, sino para transformar las condiciones existentes y así superar cada adversidad.- Porque la defensa de otro ser humano es la única garantía de un futuro mejor, ayer, hoy y siempre.

Según el CELS (2023), el 70% de los presos en Argentina son pobres, por ello hoy el sistema penal no castiga delitos, sino desigualdades.»

AñoPoblación carcelaria% Pobres% Jóvenes (18–29 años)Presos sin condenaFuente
200040.00065%35%50%CELS
201060.00070%40%55%Ministerio de Justicia
2020100.00072%42%60%CELS
2024115.00075%45%65%Ministerio de Justicia

El punitivismo en Argentina habilita el control social. Desde la Doctrina de Seguridad Nacional (1966–1983), que justificó el exterminio de 30.000 personas, hasta las leyes de Punto Final y Obediencia Debida (1986–1987), que dejaron impunes a los represores, pasando por el Código de Convivencia de CABA (2003), que criminaliza la pobreza, o el DNU 70/2023 de Milei, que aumenta penas para protestas, el Estado ha usado el castigo para silenciar disidencias y mantener desigualdades. Hoy, el resultado es 115.000 personas encarceladas (75% pobres, 45% jóvenes), un 65% en prisión preventiva y un sistema que gasta $1 billón anual sin reducir la inseguridad (CELS, Ministerio de Justicia).

La pregunta sigue vigente: ¿castigar o reparar?

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